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Seychelles, las islas más soñadas

Basta conjurar su nombre para comenzar a fantasear con un festín de arenales como el talco, de hoteles donde dejarse malcriar y de aguas turquesa delineadas por un zafarrancho de palmeras balanceándose con la brisa del Índico. A medio camino entre la costa africana y las Maldivas, las tres islas principales de este archipiélago de postal tanto sirven para una luna de miel como de colofón a un safari, o para olvidarse sin más del mundo.

Pronunciado a la francesa, con el acento criollo cruzado con inglés que se gastan sus isleños, este archipiélago en mitad del Índico suena aún más a paraíso. No sorprende que por algunas de sus mejores playas se hayan rodado anuncios que han dado la vuelta al globo, aunque sí algo más que, hace ya años, se eligieran las Seychelles para hacer penar a los concursantes del televisivo “Supervivientes”. Porque aquí, quede claro ya de entrada, se viene poco a sufrir. Lo saben sobre todo los muchos recién casados –incluidos el príncipe William y Kate Middleton– que se cruzan medio mundo para vivirse una luna de miel entre sus selvas tropicales, sus arenales de pecado o sus hoteles de más lujo. ¡Y sin sobresaltos! Salvo algún tiburón por sus costas, para alegría de los submarinistas que bucean bajo sus aguas de hasta cuarenta metros de visibilidad, no hay riesgo que temer.

Por sus escuetas hechuras, algo menores que las de Ibiza si se pusiera junto el territorio entero de todas sus islas, no hay el menor asomo de animales peligrosos. Para que nada ose disturbar la paz de quienes las eligen, sus latitudes quedan fuera del cinturón de ciclones y ni siquiera es necesaria la profilaxis de la malaria, la inseguridad viene a ser prácticamente igual a cero, el termómetro pocas veces baja de unos primaverales veinte grados ni sube más allá de los treinta, y hasta sería raro que las lluvias del monzón descargasen algo más que un buen chaparrón que, al ceder, impidiera seguir disfrutando del sol. Lástima que sea caro porque, para colmo de virtudes, aunque el vuelo sea largo ni habrá que vérselas con el jet-lag ya que apenas hay tres horas de diferencia con España.

Suman exactamente 115 islas verdísimas apenas por debajo de la línea del Ecuador; la mayoría de coral y lisas como un plato, y las más grandes, graníticas y más abruptas. De hecho, se trata de las únicas de granito que flotan sobre cualquier océano, y solo treinta y tantas se han habitado. Algunas, como Denis Island, Ronde o Frégate, presumen de camuflar escondites privados donde los huéspedes de su único hotel las tienen enteras para ellos. Otras del renombre de Bird Island acogen refugios infestados de aves que dejarían en mantillas al mismísimo Hitchcock, mientras que en el remoto atolón de las Aldabra, accesible a un número muy limitado de privilegiados con permisos especiales y exclusivamente en barco, las que mandan son sus miles de tortugas gigantes, capaces de superar el metro de largo y los 200 kilos en canal. Pero las que sin falta nadie se pierde cuando se piensa en las Seychelles son Mahé, su hermana menor Praslin y la diminuta y aún más rural La Digue. Esta tríada imprescindible se basta y se sobra para despachar una escapada hedonista de una semana a diez días, o más si se va bien de presupuesto.

Playas perfectas

Salvo algún tesoro que aún se busca, poco rastro dejaron por ellas los piratas que, para asaltar los navíos que comerciaban entre la India y África, se emboscaban por este jardín sobre el mar descubierto por los marinos árabes y redescubierto por los portugueses de Vasco de Gama, aunque sorprendentemente deshabitado hasta bien entrado el siglo XVIII. Tampoco siguen funcionando como tal muchas de las plantaciones de vainilla, de canela o de caña que en otros tiempos presidieron la economía del archipiélago, a pesar de que muchas de las mansiones coloniales que se levantaron por su interior han sido recicladas para otros menesteres. El negocio hoy, con permiso de la pesca, es el turismo. Aunque muy lejos de la masificación, al año se dejan caer por aquí ya cerca de 250.000 visitantes; casi tres veces más que la población de este país de juguete colonizado por los franceses –de ahí la mayoría de sus nombres– e independizado de los británicos en la pasada década de los 70. Por la isla principal de Mahé recalan sí o sí todos, ya que es en ella donde funciona el único aeropuerto internacional, inaugurado en 1971 por la reina Isabel y el pistoletazo de salida al pingüe universo de los viajes que ha colocado a las Seychelles en el segundo puesto de África en cuanto a nivel de desarrollo humano. Sería sin embargo un error considerar Mahé como un mero lugar de paso. Hacia su costa noreste aparece la sola ciudad –Victoria– que puede merecer tal nombre por todo el archipiélago, con buenos restaurantes, desde un templo hindú hasta una catedral católicapara atender a su población tan mestiza, un mercado lleno de color por el que irse familiarizando con los sabores de este pedazo de trópico e incluso una icónica réplica en miniatura del Big Ben londinense. Erigido hace algo más de un siglo, se trata de un recuerdo un tanto surrealista de la reina en cuyo honor, aquí tan lejos, se bautizó este más bien pueblo grande que figura entre las capitales más pequeñas del planeta, con unos 30.000 vecinos incluyendo sus alrededores y un par escaso de semáforos para domeñar el tráfico.

A bordo de los autobuses locales se tardará más, pero alquilándose un buggy o un mini-moke sin capota –por unos 100 € al día–, en menos de tres horas se le podrá dar tranquilamente la vuelta a esta islita que ni llega a treinta kilómetros de largo por los ocho de su parte más ancha. Eso, claro, si uno cometiera la imprudencia de no detenerse lo suficiente por playas perfectas como las de Beau Vallon, Anse Intendance o tantas otras como Anse à la Mouche, ni por supuesto se internara por los frondosos senderos del Parque Nacional del Morne para admirar desde su cima, a casi mil metros, unas panorámicas que compensan con creces la sudada.

También desde Mahé convendrá dejar por unas horas el relax total de sus mejores hoteles –y la tumbona frente al mar, el windsurf, el esnórquel o los masajes y las sesiones de yoga que tanto abundan por estos territorios– para salir en barco a explorar los arrecifes de coral del Parque Marino de Sainte Anne y otras islas cercanas. Aunque, sobre todo a Praslin y La Digue, mejor dedicarles algo más que una cicatera excursión de un día.

Parajes jurásicos

 El coco de mar, esa desconcertante semilla de eróticas formas femeninas y hasta cuarenta kilos de peso, ejerce como el símbolo de Praslin, la también isla granítica que aflora a una hora en catamarán desde Mahé o a unos quince minutos de fotogénico vuelo en avioneta. Hasta la segunda en tamaño de las Seychelles merece sin embargo más la pena acercarse para darse un chapuzón en playas de infarto, como Anse Lazio o la semiescondida Anse Georgette, y sobre todo para internarse en su reserva natural del Valle de Mai, la verdadera joya de la corona. Patrimonio de la Humanidad por el estado casi primigenio de sus bosques, entre sus gigantescas palmas a la vertical podrán admirarse, entre infinidad de otros endemismos, las que dan tan extraños y traviesos cocos dobles, que únicamente crecen por aquí y en la islita vecina Curieuse. Varios senderos muy fáciles de transitar se adentran entre el espeso follaje de esta selva esmeralda, intacta hasta los años 30, donde los aficionados al avistamiento de aves se entretienen a la búsqueda de rarezas como el loro negro y los demás quedan pasmados ante la fuerza primitiva de estos parajes que han cambiado poco en millones de años.

De nuevo aquí convendrá alquilarse un vehículo para perderse a conciencia por este Jardín del Edén –como la fruta prohibida de este consideraba una leyenda a los cocos de mar que abundan en Praslin–, mucho más solitario si cabe que Mahé. Además, no habrá otra oportunidad, ya que con la última isla imprescindible no hay coche que valga. En La Digue, salvo un puñado de taxis y una vieja ambulancia, el único transporte posible son las bicis y las carretas de bueyes que aguardan en el muelle a los ferrys –tampoco hay aeropuerto– para cargar las maletas de sus visitantes hasta el hotel. Como las distancias no pueden dar mucho de sí en este escondite de escasos diez kilómetros cuadrados, paseársela de arriba abajo acaba siendo muchas veces una buena opción. No hay sin embargo demasiado que visitar una vez saldadas cuentas con el somnoliento pueblo de casas criollas de La Passe. Pero hasta aquí ni el más despistado entre los viajeros llega para ver monumentos. O por lo menos, monumentos concebidos por el hombre. Los de La Digue son obra exclusiva de la naturaleza y alcanzan su mayor gloria en la fotografiadísima playa de Anse Source d’Argent, cuyos abombados bloques de granito, descomunales y repulidos tras milenios soportando los vientos y el vaivén de las olas, no tienen comparación posible.

A pesar de que hoy haya que pagar entrada para contemplar semejante maravilla, no es plan de escatimarle unos pocos euros a esta estampa del jurásico cuya confabulación casi teatral de rocas, palmeras y un mar turquesa se diría una trampa del Photoshop. No es ni por asomo la única cala que corta la respiración por La Digue, pero cuando se contempla su belleza prehistórica, tan lograda que se diría un decorado, se entiende que año sí año también encabece las clasificaciones de las playas más despampanantes del mundo.

Rarezas geológicas

En la noche de los tiempos, las islas Seychelles formaban parte del supercontinente Gondwana, del que, al parecer desde la relativamente próxima isla de Madagascar, se fueron desprendiendo nada menos que África, la India y hasta Australia y la Antártida. El pasado mes de febrero saltaba a las portadas de los medios de comunicación de todo el mundo el descubrimiento bajo sus aguas de otros restos del continente perdido, del que estas moles de piedra, que pasan del rosado al plata según les toque la luz, serían, al igual que las demás islas graníticas del archipiélago, un retazo de cataclismos telúricos acontecidos hace una friolera de millones de años difícil de precisar. Puede que se trate de los afloramientos de roca más antiguos de la Tierra. Toda una rareza geológica que sumar a esta porción mimada de lo que –sí, aunque la palabra esté sobada– no puede definirse con otra palabra que no sea la de paraíso.

El Jardín del Edén

De ser cierto que el Valle de Mai fue el Jardín del Edén, los primeros novios en pecar por las Seychelles no pudieron ser otros que Adán y Eva. Vale que la leyenda no entra en tanto detalle, pero a la vista de la cantidad de parejas que eligen estas islas, cabe pensar que crearon escuela. También se prestan a la broma fácil sus famosos cocos de mar, de voluptuosas curvas cuasi femeninas, que en realidad no son más –¡ni menos!– que las semillas más grandes que da el reino vegetal. Celebradísimas por sus supuestos poderes afrodisiacos cuando las corrientes arrastraban alguna hasta las costas de la India o Malasia, entonces se creía pudieran brotar de algún extraño árbol del fondo del océano. Hoy son el símbolo de este archipiélago donde hasta las tortugas se vienen a reproducir. Toparse con una verde o una carey durante un chapuzón por sus aguas es todo un espectáculo, pero lo es más aún presenciar las arribadas que protagonizan para desovar sobre unos arenales de película que, meses después, los recién nacidos volverán a desandar al dirigirse por primera vez hacia el mar. Al parecer, y eso ya no es leyenda, las hembras que lleguen a adultas regresarán también ellas a depositar sus huevos en la misma playa que las vio nacer.

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