Safari en el corazón de África

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Safari en el corazón de África

El Área de Conservación del Ngorongoro, que incluye el Parque Nacional del Serengeti, es el mayor y más bello santuario de vida salvaje de África. Y es el destino de la II Expedición VIAJAR.

 

Serengueti, la llanura infinita
Por Mariano López

El Serengeti es el espacio protegido más grande de África, solo superado en tamaño por el sudafricano Kruger y la reserva tanzana de Selous. Sus paisajes responden a la imagen mítica de África: grandes espacios, cielos intensos, tierra roja, acacias espinosas y el maravilloso espectáculo de la fauna salvaje en libertad. En sus diferentes hábitats reúne la mayor concentración de animales de llanura del mundo. Entre ellos, los protagonistas de la gran migración.

Su nombre procede de la palabra siringet, que en la lengua maa, la lengua de los masai, significa llanura sin fin. Ocupa una meseta alta que se extiende desde las faldas del Ngorongoro hasta el lago Victoria, por el oeste, y hasta el Masai Mara, por el norte. Siempre fue un gran corredor de fauna salvaje, diezmada por los pastores locales y, sobre todo, por los cazadores blancos que comenzaron a llegar a la zona a partir de 1913. Un documental realizado en 1957 por un médico alemán, Bernhard Grzimek, y su hijo Michael, titulado Serengeti no morirá, convenció al mundo de la necesidad de proteger el área, en especial el norte del corredor. Gracias a los Grzimek, a cuya memoria rinde homenaje un monolito en la carretera al Ngorongoro, junto a sus tumbas, se puede seguir disfrutando de uno de los más grandiosos espectáculos de la naturalezala gran migración, el movimiento constante de 1.300.000 ñus, 200.000 cebras, 250.000 gacelas de Thomson y de Grant, miles de topis, otros antílopes y una larga lista de depredadores, terrícolas y aéreos.

El ñu es el herbívoro dominante, la principal población migratoria. Su ancha fila de incisivos le permite recoger más hierba al día que cualquier otro rumiante africano. Pero su voracidad agota rápidamente los pastos. Conseguir comida fresca impulsa a los ñus a realizar un circuito anual de más de 800 kilómetros.

En noviembre y diciembre, se produce el retorno de la gran migración a las llanuras abiertas del Serengeti. Tras el millón y medio de ñus y sus acompañantes viajan leones, leopardos, guepardos, hienas, chacales y perros salvajes, y una ávida y variada población de buitres. No serán sus únicos depredadores. Los mayores cocodrilos del mundo se encuentran en uno de los ríos del circuito migratorio, el río Grumeti.

Las llanuras de hierbas cortas se encuentran al sureste del parque; las acacias dominan el área central, de sabana arbolada; bosques más densos caracterizan la zona norte, mientras que en el corredor oeste predominan bosques y llanuras arcillosas. Una singularidad es la abundancia en el sureste de kopjes, islas de rocas en un mar de hierba. Se trata de rocas antiguas, de granito, supervivientes a millones de años de erosión. Forman un atractivo más del Serengeti, el parque que protege la mayor concentración de fauna salvaje de planeta.

Ngorongoro, el volcán de la vida
Por Lorente Yagüe

En su libro Paseos africanos, Alberto Moravia dice del cráter del Ngorongoro que es “el mejor monumento que la naturaleza se ha hecho a sí misma”. No es una exageración. Ninguna otra área natural ofrece el espectáculo que supone ver una extraordinaria representación de vida salvaje en un espacio tan bello y singular como la caldera de un volcán extinto. Los bordes del cráter se sitúan a 2.600 metros sobre el nivel del mar y el fondo de la caldera se encuentra a 1.800 metros, de modo que el tubo que forman las paredes del cráter tiene un desnivel de 600 metros. La niebla cubre estas paredes al amanecer, cuando el invierno se adueña del volcán. Luego desaparecerá, conforme el día avance y las estaciones se sucedan. En la caldera también hay movimiento. La mayoría de los herbívoros y sus depredadores pueden entrar y salir del cráter por la empinada ladera que comunica el interior del volcán con el Área de Conservación y con el Serengeti. Entran más que salen, porque el cráter reúne todos los hábitats que necesitan para disfrutar de la vida: llanuras herbáceas, bosques húmedos, terrenos pedregosos, agua dulce, salada, otros animales…

El lago alcalino atrae colonias de flamencos rosas y flamencos enanos apenas se inunda. En torno al lago, pastan y ramonean cebras, ñus, gacelas y otras clases de antílopes. El mayor de los antílopes, el eland, suele acomodarse en el bosque. A poca distancia –todo en el cráter sucede a poca distancia– se pueden ver grupos de perezosos leones, manadas imponentes de búfalos, familias de elefantes, bandas de perros salvajes, grupos de hienas y hasta rinocerontes negros. En los límites de la caldera se pasean las avestruces y asoman sus puntiagudos auriculares los zorros orejudos. Es la más perfecta representación del jardín del Edén. La más completa muestra de la fauna salvaje del este de África reunida en el lecho de un volcán de no más de 20 kilómetros de diámetro. El doctor Bernhard Grzimek escribió: “Es imposible dar una exacta descripción de la belleza del cráter. No hay nada con lo que pueda ser comparado. Es una de las maravillas del mundo”.

El cráter forma parte del Área de Conservación del Ngorongoro, habitada por unos 10.000 pastores masáis. Los masái consideran a un volcán situado cerca del Ngorongoro, el volcán Ol Doinyo Lengai, la montaña de Dios. Su última erupción ocurrió en 1966. Las cenizas se elevaron a más de 1.500 metros de altura.

Entre el Serengeti y el cráter del Ngorongoro se encuentra la garganta de Olduvai (Oldupai en la lengua de los masáis). Las excavaciones realizadas en esta garganta han permitido encontrar fósiles de homínidos de más de un millón y medio de años de antigüedad. Está claro que los primeros homínidos ya habitaron en el paraíso. En este paraíso: el cráter del Ngorongoro.

Tanzania, la esencia de África
Por Javier Reverte

Tanzania es la esencia del África subsahariana, el país que más se parece a la idea que tenemos sobre el África negra. Hace realidad todos los tópicos sobre el continente, pero también nos hipnotiza por su majestuosidad y su primitivismo. En sus costas y alrededor de sus islas se tiende uno de los dos océanos que bañan el continente, y en el interior se alza su más señera montaña, se enredan las selvas, se alargan las sabanas, crecen grandes lagos y abundan los valles feraces en donde habitan casi todos los ejemplares de la fauna continental. Y también se habla en cada rincón ese idioma elegante que es el suajili, camino ya de convertirse en la lengua franca de África. Cuando alguien me pregunta qué país recomiendo para comenzar a conocer las regiones del sur del Sahara, no tengo dudas: Tanzania.

Ya que su historia moderna comenzó en la costa, nos iremos a las riberas del Océano Índico, en donde se baña la capital del país, Dar es-Salam. Es uno de los centros del universo suajili, una cultura que se extiende por las costas mozambiqueñas, tanzanas y kenianas. Hasta bien entrado el siglo XVIII, y desde aproximadamente un siglo y medio antes, los portugueses eran los únicos extraños que habían puesto los pies por estas latitudes, en realidad para establecer pequeños asentamientos costeros que servían como lugares en donde aprovisionarse de agua dulce y víveres, y para encontrar protección militar en la navegación hacia la India en busca de las preciadas especias. Del territorio continental apenas se sabía nada por aquel tiempo, salvo que estaba habitado por tribus hostiles y animales temibles.

Los omaníes, llegados desde el norte en brazos de los vientos monzones, atraídos por el marfil y el negocio de la esclavitud, expulsaron a los portugueses en 1729 y comenzaron a explorar el interior. Capturaban esclavos por miles y exterminaban inmensas manadas de elefantes. Y sus sultanes establecieron su capital en Zanzíbar, una isla apartada unos cuantos kilómetros de la costa. Aunque contaban con asentamientos portuarios en las riberas del continente, como Bagamoyo, Kilwa y el propio Dar es-SalamZanzíbarmostraba una riqueza singular, crecida alrededor del mercado para la subasta de esclavos, un execrable negocio que servía para enviar mano de obra gratuita a los grandes latifundios de las colonias europeas en América y para llenar de mujeres y eunucos los serrallos de Oriente.

Hoy Zanzíbar es un emporio turístico de primera magnitud, crecido en las últimas dos décadas al arrimo de playas de bellísima piedra de coral machacada durante milenios hasta convertirse casi en polvo plateado y de aguas color verde esmeralda. La Ciudad de Piedra, la vieja capital, conserva las trazas de su antigua suntuosidad, entre ellas los palacios de los esclavistas, como Tippu Tib, muchos convertidos en modernos hoteles o compartidos por familias pobres de los descendientes de los esclavos. Cuando en el último cuarto del siglo XIX se abolió la esclavitud y Gran Bretaña tomó posesión de la isla, los árabes escaparon del degüello colectivo huyendo hacia Omán y los ingleses tomaron posesión del poder. Hoy, tras la independencia y la unión entre las tierras continentales y la isla, las calles de la Ciudad de Piedra, su mercado, acoge un brillante desfile de mujeres con sus multicolores kangas en donde lucen refranes escritos en suajili. Por ejemplo: “Quien pregunta no es tonto”. Pero saltemos al interior. Dar es-Salam es una ciudad ruidosa, alegre y desastrada y tiene todo lo que un turista medio no desearía encontrar: un tráfico caótico, malos olores, calor endemoniado, miseria… Pero es una urbe de enorme carácter, medio africana y medio india, pues son muy numerosos los hindúes que la habitan, los descendientes de los coolies llevados allí por los ingleses como mano de obra barata. Merece la pena visitar su lonja de pescado, aunque sea con la nariz tapada, y contemplar las capturas, entre ellas abundantes escualos cuya visión produce pavor y quita las ganas de bañarse en las playas del Índico. Hay una playa fastuosasombreada por altas y delgadas palmeras, Oyster Bay, donde se disfrutan las noches de Luna llena más bellas de la costa suajili.

Los alemanes y los ingleses comenzaron a internarse en las grandes llanuras tanzanas, como en las de la vecina Kenia, mediado el siglo XIX. Seguían las rutas de los esclavistas, muchos con la intención de denunciar esa lacra para erradicarla y otros para convertir almas, para abrir rutas comerciales, para cazar o para explorar. O para todo ello a la vez, como fue el caso de David Livingstone, que vivió varios años en la orilla tanzana del lago Tanganica. Uno de aquellos misioneros, el germano Johannes Rebmann, sería el primer europeo en distinguir, en mayo de 1848, la cumbre nevada del gran Kilimanjaro, la montaña más alta de África. Cuando comunicó la noticia le tomaron por loco. ¿Nieve en las proximidades del Ecuador? Los científicos europeos calificaron el descubrimiento de espejismo. Hoy miles de senderistas llegados de todo el mundo suben cada año a la “montaña brillante”, que es lo que significa Kilimanjaro en una lengua local. Su altura es de 5.895 metros, pero no se hace precisa la escalada para llegar a su techo, tan solo unas buenas piernas. Sus cumbres están cubiertas de nieves perpetuas, pero el cambio climático está fundiéndolas y se calcula que, hacia el año 2020, la nieve desaparecerá para siempre de la montaña. Dice la leyenda –no está comprobado que sea cierto– que cuando se produjo el reparto de África entre las potencias coloniales –en la conferencia de Berlín, a finales del siglo XIX–, la montaña entraba en territorio keniano y, por lo tanto, su dominio correspondía a Inglaterra; pero la reina Victoria ordenó trazar una curva que dejaría la montaña en la Tanganica alemana como regalo personal a su primo el káiser Guillermo.

Las grandes reservas

Al sureste del Kilimanjaro, próximo a las costas del Índico, se tiende la enorme reserva natural de Selous, la más grande de África, por delante del keniano Tsavo, el también tanzano Serengeti y el surafricano Kruger; y el segundo en extensión del mundo, tras el World Buffalo, en el norte canadiense. Con 35.000 km2, es más grande que Cataluña y solo catorce veces más pequeño que la totalidad del territorio español. Su nombre se lo debe a un mítico cazador blanco de comienzos del siglo XX: Frederik Courteney Selous, muerto en los mismos territorios de este parque durante la Gran Guerra. En toda esta región no existe ni un solo establecimiento humano, salvo unos pocos lodges turísticos de lujo. Y, en consecuencia, allí habita la mayor concentración de vida libre africana. Al contrario que en las grandes extensiones de la sabana, este es un territorio de bosque bajo y numerosos ríos y lagunas. Se calcula que hoy pueblan el parque 60.000 elefantes, 150.000 búfalos, más de medio millón de antílopes y cebras, y 4.000 leones. “Selous es el África real”, escribió Peter Mathiessen. Es fácil imaginar que Noé debió de pasar por aquí para llenar su arca.

Seguimos tierra adentro, hacia Occidente. Podemos hacerlo en tren, siguiendo la ruta de los grandes lagos hasta Mwanza (en un ramal) o Kigoma; o más al sur, en el ferrocarril de origen chino que llaman el Tazarahasta la frontera de Zambia. Pero también es posible cubrir la ruta por carretera, en pistas infernales donde los coches se dejan la suspensión, las ruedas y el espinazo. Son paisajes casi deshabitados, de sabana seca y montaña agreste, cruzados a menudo por el espadazo del Valle del Rift, sobre caminos y raíles trazados en las antiguas rutas esclavistas. A bordo de los autobuses colectivos uno toma conciencia, enseguida, de lo que es la dureza de la vida para un africano medio. En los trenes, uno comprende que, en el continente negro, el ferrocarril no es solo una manera de viajar sino de vivir: paran en todas las estaciones para que los viajeros compren productos locales que son el único medio de subsistencia de la gente. En la ruta ferroviaria que sigue camino de Zambia se pasa por las proximidades del parque de Ruaha, una reserva apenas visitada y que alberga una importante población de fauna salvaje.

Pero es la otra línea, la del ferrocarril que va hacia el noroeste del país, la que atesora mayor riqueza natural e histórica y de la que casi todos hemos oído hablar al escuchar el nombre de Tanzania. Es la ruta que comunica con la región llamada de los Grandes Lagosy que lleva hasta las riberas de los dos mayores de África: el Tanganica y el Victoria. Es el ferrocarril que sale de Dar es-Salam y que se fracciona en dos ramales al llegar a Tabora, antigua capital de los esclavistas árabes en el interior del país: uno que transporta a Kigoma, en las orillas del Tanganica, y otro que viaja más al norte, hasta Mwanza, ciudad ribereña del lago Victoria. El tren tarda dos días y medio entre Dar es-Salam y Kigoma y un día más a Mwanza. Los convoyes viajan juntos hasta Tabora y, en esta ciudad, toman uno u otro destino. Escogemos la primera opción y, cerca ya de la atardecida del siguiente día, entramos en la decrépita ciudad de Kigoma, tendida sobre el lago Tanganica. No es una urbe hermosa, pero si uno trepa a las colinas que la rodea, el espectáculo natural es grandioso: esas verdes caderas de los montes salpicadas de casas cayendo sobre una rada natural ideal para protegerse de las tormentas y tempestades; y la belleza del lago, cerrado en occidente por las montañas de la República del Congo.

El Tanganica, que tiene forma de hoja de cuchillo, es el segundo más grande de los lagos de África, por detrás del Victoria, con 32.900 km2, y el segundo más hondo del mundo, por detrás del Baikal, con una profundidad máxima de 1.436 metros. Pero su longitud es la mayor del planeta, con 660 kilómetros. Es estrecho, sin embargo, con una distancia entre las dos orillas de 72 km en su punto más ancho y 16 en el mínimo. Además de Tanzania y Congo, baña un pequeño trozo de Burundi, al norte, y otro de Zambia, al sur. Entre los puertos tanzanos de Kigoma y Kasanga, la distancia es de 531 kilómetros, que cubre una vez a la semana un barco legendario, el Liemba, botado en 1914. Durante su recorrido, el buque cruza junto al parque de Mahale, el lugar en donde se rodó la película Greystoke, habitado por grandes colonias de chimpancés. Digo que el Liemba es un barco legendario pues fue construido en Hamburgo a comienzos de la Gran Guerra, llevado en piezas hasta el lago –por barco, tren y en caravanas, a pie–, ensamblado y botado en sus aguas y empleado en las batallas lacustres entre alemanes e ingleses hasta la toma de Kigoma por los aliados en 1916. Hundido por los propios alemanes, se reflotó tras la guerra y, desde entonces, ha servido como barco de carga y transporte de pasajeros. Su historia bélica inspiró la novela y posterior película La reina de África. Hoy un viajero poco escrupuloso y amigo de emociones intensas puede tomar un billete en Kasanga o Kigoma y hacer el recorrido, de ida o de vuelta, de cuatro días a bordo de una nave que muestra como ninguna otra el carácter del África profunda.

Pero es el otro ramal, el que conduce a Mwanza y el lago Victoria, el que nos acerca a los límites del gran Parque del Serengeti, un área de protección de la fauna cuyo nombre significa, en lengua masai, “lugar extenso”, y cuya superficie cubre 15.000 km2, un territorio mayor que toda Irlanda del Norte. No hay parque tan esplendoroso en África. Y el hecho de que casi toda la región esté compuesta por sabana, en el corazón del Valle del Rift, hace que puedan ser contempladas en libertad muchas de las especies africanas más emblemáticas. Allí se produce la gran migración, un movimiento en busca de pastos de un millón y medio de cebras y antílopes, que cubren anualmente 3.000 kilómetros de viaje y devoran cada día cerca de 4.000 toneladas de hierba. Y allí, en medio del gran parque, el cráter del extinto volcán del Ngorongoro, en cuya clara habitan decenas de especies de animales que han hecho que el lugar sea conocido con el sobrenombre de Jardín del Edén. En las cercanías, en el llamado Olduvai Gorge, se han encontrado antiquísimos restos de homínidos. Tanzania tiene todos aquellos ingredientes geográficos que nos hacen soñar con un viaje a África.

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