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El tren del té de Sri Lanka

No hay delicia comparable a explorar el corazón de este país a bordo de un  ferrocarril con toda la esencia del siglo XIX. Un viaje en el tiempo a través de unos paisajes deslumbrantes.

Bien pudiera aparecer en una novela de intriga de Agatha Christie o en un relato de aventuras de Paul Theroux. El recorrido en tren decimonónico por las Tierras Altas de Sri Lanka está barnizado de la magia y el romanticismo que a menudo retrata la literatura en sus míticas historias sobre raíles. Un trayecto lento, como los viajes de antaño, que desgrana el corazón montañoso de esta isla con forma de gota, a la que tantas veces se ha comparado con la lágrima que vierte la Madre India.

A bordo de unos vagones de juguete donde ha quedado atrapada la nostalgia, un paisaje majestuosamente verde se desliza tras el cristal. Porque este tramo que va desde Kandy hasta Ella a lo largo de unas siete horas, no sólo atraviesa la zona más alta, fértil y fresca del país, sino que también brinda por la ventanilla una de sus escenas más bellas: la de las mujeres tamiles que recolectan las hojas del famoso té de Ceilán. Son ellas, con sus manos delicadas, el primer eslabón de una cadena que acaba en una taza humeante en distintos rincones del mundo.

No cabe esperar ningún lujo entre sus destartaladas paredes. Si acaso, un extra de comodidad en el Observation Saloon, el vagón de primera clase que, por un precio irrisorio, proporciona las mejores panorámicas a través de una gran cristalera. Pero a cambio, sí puede sentirse el privilegio de formar parte de un museo viviente que se sostiene trémulo sobre las vías estrechas y que va cruzando, a paso de tortuga, estaciones congeladas en la memoria. Un mundo que poco o nada ha cambiado desde 1864, cuando los colonos británicos implantaron este ferrocarril para dar salida a sus producciones de té.

Hace falta avanzar unos cuantos kilómetros desde la ciudad de Kandy, el centro espiritual de Sri Lanka que, con su templo sagrado a orillas del lago, es un bonito punto de partida. Es entonces cuando comienzan a divisarse las plantaciones en todo su esplendor, según el tren asciende por colinas redondeadas hasta donde bajan las nubes: justo aquí se despliega el cultivo del que está considerado, lo dicen los expertos, el té más exquisito del planeta.

El Ceylon Tea o té de Ceilán es la herencia inglesa del siglo XIX, el empeño de aquellos colonos que soñaban con instaurar, precisamente en esta zona agraciada con bajas temperaturas, su flemática costumbre de las cinco. Cuentan que el primero fue un tal Thomas Lipton, alumbrando una marca que hasta nuestros días es sinónimo de excelencia en Gran Bretaña. Pero le siguieron otros muchos, ávidos de fortuna, y el terreno se tapizó de grandes haciendas que impregnaban el aire de un aroma amargo. El escritor escocés Arthur Conan Doyle resumió de esta manera tal empresa: “Los campos de té de Ceilán son un monumento al coraje comparable al león de Waterloo”.

Desde el tren por estos campos centenarios, también hoy se puede contemplar la bucólica estampa de las tea pluckers o cuadrillas recolectoras de mujeres. Aparecen entre el manto de vegetación, ataviadas con sus saris de colores, con enormes capazos en la espalda sobre los que irán depositando, una a una, las hojas más frescas. Hay, en su movimiento mecánico, en la sonrisa que dedican al paso del tren, algo verdaderamente hermoso.

A partir de Hatton comienzan a desfilar algunas plantaciones colgadas de la pendiente. Pero es en la región deNuwara Eliya, apodada Little England, donde el paisaje aparece como un reflejo de la campiña británica, salpicado de casas coloniales. Al ritmo del traqueteo, las Tierras Altas ofrecen su rostro más fértil al paso de poblaciones como Nawalapitiya, Bandarawela o Haputale. Y mientras desde el Observation Saloon el tren se abre como una cremallera por unos campos protegidos por las montañas, un trasiego continuo de gente local se aprieta en las ventanillas para el aspirar el aire fresco.

Así se llega a Ella, una coqueta población famosa por sus tratamientos de Ayurveda, después de acumular tantos colores, tantos aromas y tanto costumbrismo.

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