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Alaska, fiebre de Aventura

Territorio de leyenda, de osos de tres metros, de pumas, alces, ballenas y orcas, montañas de más de seis mil metros y ciudades sin ley levantadas a partir de las sucesivas fiebres del oro de finales del XIX y principios del XX. Alaska es sinónimo de aventura. Sus ciudades ya cuentan con las comodidades del siglo XXI, pero su naturaleza sigue siendo uno de los entornos más bellos y salvajes del planeta.

 

Alaska tiene para nosotros un poco el carácter de un sueño infantil. Se oye la palabra y saltan a la imaginación bosques inmensos, montañas cubiertas de nieves, ríos broncos, territorios sin presencia del hombre, osos y lobos, castores y alces, glaciares, salmones, indios y buscadores de oro. Pura aventura. Hoy ya abordan sus islas y fiordos numerosos cruceros y hay rutas que llevan a casi todos los extremos del Estado más recóndito de los Estados Unidos, el 49 de la Unión. Pero, ojo: la aventura sigue viva. ¿Existe otro lugar del mundo en donde un hombre pueda sentarse bajo un árbol y saber que en cien kilómetros a la redonda no hay otro ser humano?

Eso es Alaska. Y también todo lo demás: los bosques, los ríos, los osos, los indios, los salmones y los buscadores de oro. Para hacernos una idea de lo que significa esta geografía, basta con dos datos. Uno, que su capital, Juneau, no está conectada por tierra con el resto del Estado y tan solo tiene en sus alrededores una vía asfaltada de sesenta kilómetros. Solo se llega allí por avión o por barco. Y dos, que en un territorio algo mayor que tres veces el de España viven poco más de setecientos mil habitantes, la mitad de ellos en la ciudad de Anchorage.

Si uno llega a Anchorage en avión, desde Europa o cualquier otro punto de los Estados Unidos, poco antes de aterrizar atravesará entre las cumbres de grandes formaciones montañosas, nevadas perennemente, pero encontrará una urbe de avenidas bien trazadas y abundante comercio, que le hará pensar que se encuentra en cualquier ciudad de hoy del país americano. Es la Alaska moderna, la de los perritos calientes y las hamburguesas, que tanto difiere del sueño infantil al que aludíamos al principio. Sus calles, trazadas a cordel, apenas tienen edificios que superen los dos o tres pisos; en 1964, un devastador terremoto (9,2 en la escala de Ritcher) la redujo casi por entero a polvo, y se decidió reconstruirla con pocas alturas para evitar graves daños.

Anchorage (que significa “fondeadero” o “anclaje”) fue descubierta por el navegante inglés James Cook en 1778 y pronto se convirtió en un importante puerto pesquero –y de cruceros turísticos más recientemente– en donde atracaban y atracan flotas de muchos países, sobre todo japonesas. Pero la ciudad es desangelada, extensa y aburrida. No merece la pena detenerse mucho tiempo en ella. No obstante, en la carretera que va hacia el norte –y que llega a las costas del Océano Ártico– se encuentra uno de los lugares más salvajes del mundo, el parque Denali, en donde crece el monte más alto de toda América del Norte, el McKinley, de 6.194 metros sobre el nivel del mar. Toda la extensión del parque es un lugar de naturaleza privilegiada, con abundante fauna, desde el oso al puma y al lobo, y en cuyos otoños puede admirarse toda la belleza del bosque pluvioso boreal. A los alasqueños les gusta decir que el McKinley es el monte más alto del mundo, pues mientras otras cumbres del planeta surgen desde plataformas elevadas miles de metros sobre el nivel marino –el Himalaya sobre más de 3.000–, su montaña es la única que lo hace desde el mismísimo nivel del océano.

Joyas naturales y “grizzlies”. Pero si la sosa y despersonalizada Anchorage no es lugares para quedarse mucho tiempo, sí que sirve como base para acercarse al referido Denali, subir en helicóptero a la proximidad de la cumbre del McKinley y, sobre todo, visitar la isla de Kodiak, la península de Kenai y el Prince William Sound, tres joyas de la naturaleza alaskeña. La isla y la península albergan a las poblaciones de osos más espectaculares del planeta: son los famosos grizzlies, en realidad un oso pardo que, alimentado con las ricas proteínas del pescado, alcanza a medir más de tres metros de altura puesto en pie. En la temporada de verano, en que los salmones ascienden los ríos alasqueños para desovar, las orillas se llenan de plantígrados dedicados a la pesca. El espectáculo es digno de verse: no entraña ningún peligro si uno no se acerca demasiado y, sobre todo, si no discute con los osos sobre quién es el propietario de un salmón.

En realidad, si se exceptúa al oso polar, que es muy feroz, los osos negros y los pardos son por lo general animales huidizos y tímidos. Pero pueden no serlo en ocasiones y tornarse agresivos. Y las autoridades alasqueñas informan con folletos sobre lo que debe hacerse en su presencia. Si el oso es negro –más pequeño–, hay que hacerle frente, tirarle piedras y palos, gritarle, insultarle y, con suerte, puede que se asuste y se vaya. Si es pardo, hay que dejarle acercarse, adoptar la posición fetal, no mirarle a los ojos y, con suerte, puede alejarse después de olfatearte un poco. Claro está que, como advierten los folletos, antes de todo eso es preciso “aprender a distinguir un oso negro de un oso pardo”.

La belleza del Gran Norte.

A unos cien kilómetros al sureste de Anchorage se abre sobre el mar el estrecho de Prince William. Lo descubrió James Cook mientras buscaba el Paso del Noroeste y es un fiordo repleto de canales, de icebergs y de glaciares, de una belleza suprema. Una suerte de parque natural del Gran Norte. Este fiordo alberga focas moteadas, ballenas, cormoranes, albatros, águilas calvas, nutrias y, ocasionalmente, morsas, osos polares y bueyes amizcleros. El glaciar Harriman es el más hermoso de la veintena que se encuentran en el estrecho: parece una lengua blanca que intenta beberse el mar a lametazos. Este fiordo fue escenario de uno de los mayores desastres medioambientales del siglo pasado, cuando en 1989 un petrolero, el Exxon Valdez, zozobró en sus aguas y vertió al océano más de cuarenta mil toneladas de crudo. La geografía y biología del Prince William han tardado años en recuperarse –y aún no lo está por completo–, pero al menos sirvió para que las medidas de seguridad de los petroleros se extremaran a un gran nivel.

Hay otras formas de llegar a Alaska que el avión. La carretera, por supuesto, desde los territorios canadienses. Pero la más original resulta, sin duda, por barco, desde Vancouver, la capital de la Columbia Británica del Canadá. De allí, y también de la vecinaisla Victoria, parten los cruceros turísticos y los ferries que recorren la costa pacífica entre los dos países y que se adentran en Alaska por el sur a través del llamado Inside Passage. Es un viaje que dura dos días hasta alcanzar Skagway, un poblado costero alasqueño, con parada en la capital del Estado, la ciudad de Juneaufrente a la isla de Douglas. De alguna forma es el recorrido que marca la historia del Estado, pues en esta región nació como territorio en un principio propiedad de los rusos y, más adelante, de los Estados Unidos. A los barcos les acompañan las ballenas y las focas y la vista de imponentes glaciares: es una grandiosa navegación.

En esta zona de Alaska huele a Rusia, el primer Estado que se hizo cargo de estos territorios boreales. Los rusos, curiosamente, llegaron desde el norte, atravesando el estrecho que hoy lleva el nombre del primer navegante que lo cruzó: Vitus Bering, en1741. Venían en busca de pieles, pero en lugar de quedarse en la parte norte de la geografía alasqueña, descendieron hacia el sur e instalaron su capital en Sitka, una isla muy próxima a la frontera con la Columbia Británica canadiense. Durante los años que permanecieron aquí, tres cuartos de siglo más o menos, los rusos hubieron de padecer ataques constantes y asedios de los belicosos indios tinglits. Resulta curioso que en la iglesia ortodoxa que aún se mantiene en pie se sigan celebrando misas de esta religión todavía hoy, ya que varias comunidades locales conservan la fe. Poco después de que los barcos del zar llegaran a las costas del sur de Alaska lo hicieron los españoles y los ingleses, atraídos también por el comercio de pieles. Y resulta significativo que los primeros, llegados con estrictas órdenes de la Corona hispana de no entrar en conflicto con los habitantes de los territorios alasqueños, establecieran pacíficas y muy prósperas relaciones con los nativos. Cuando las aspiraciones españolas de dominio en la geografía terminaron –con el nefasto gobierno de Godoy, en 1795– los españoles desaparecieron del área sin dejar más que unos nombres en su geografía, pero sin disparar un solo tiro de escopeta.

Los rusos también acabaron por irse: les resultaba muy costosa la nueva colonia. Y la vendieron a los Estados Unidos en 1867 por 7,2 millones de dólares. Muchos en Washington consideraron aquello un mal negocio, pero tan solo veinte años después se había extraído oro en los nuevos territorios por valor de 36 millones de dólares. En 1959, Alaska fue catalogado como Estado número 49 de los Estados Unidos de América.

La “estampida” del Klondike.

El oro fue el nuevo factor determinante en la historia de Alaska. Los primeros grandes yacimientos se encontraron, en 1880, en Juneau y en la vecina isla de Douglas, por un minero llamado Joseph Juneau, cuyo nombre bautizaría la futura capital del Estado. Hoy Juneau es una bonita ciudad de casas en su mayoría de madera, próspera y habitada por gentes simpáticas –unas 30.000–, que debe una buena parte de sus ingresos al turismo de los grandes cruceros. Y como sucede siempre en Alaska, sus alrededores son el reino de una naturaleza salvaje en donde el oso es el rey de los bosques y la orca la emperatriz del mar. A partir de Juneau, y de los caminos del oro, siguió creciendo la historia del Estado más septentrional de los Estados Unidos. Así, siguiendo en ferri, se llega a Skagway, una ciudad del pasado crecida al arrimo de la gran carrera de la búsqueda del oro, el famoso Gold Rush, que inmortalizaron con sus cuentos y novelas Jack London y Charles Chaplin con su película La Quimera del Oro.

En 1896 un minero llamado Carmack encontró un enorme yacimiento de oro casi en la frontera entre Canadá y EE UU, en el río Klondike, un tributario del Yukón. Y en pocos meses se desató una carrera en busca del preciado metal que movilizó a cerca de cien mil personas. La famosa estampida, como algunos la llamaron, se iniciaba en Alaska, para terminar en territorio canadiense. Y las vías de acceso eran dos: una, dirigirse hasta el puerto de San Michael, en la desembocadura del Yukón, cerca del estrecho de Bering, para viajar río arriba hasta Klondike; y otra, desembarcar en Skagway y la vecina Dyea(hoy desparecida) para cruzar los pasos montañosos de Chilkoot y White Horse, internarse en Canadá y seguir el curso del Yukón río abajo. Así nació Skagway, casi de la noche a la mañana, un pueblo lleno de mineros, policías, ladrones, prostitutas, comerciantes, cantineros, periodistas y borrachos. Hoy, Skagway, que fue una urbe licenciosa, peligrosa y jaranera, es un parque temático cuyo puerto, en los veranos, se abre a los cruceros y acoge a miles de turistas. Hay saloons con espectáculos típicos de los días de la frontera e incluso un antiguo prostíbulo reconvertido en museo en donde está permitida la entrada a los menores. En invierno, Skagway se duerme bajo el frío helador y apenas unos pocos cientos de personas quedan en la localidad aguardando el reverdecimiento del verano siguiente.

Pero Skagway mantiene abierto el ferrocarril de los días del oro y merece la pena embarcarse en el viejo ferrocarril de madera para subir al paso de White Pass, la frontera con Canadá. Es una formidable ascensión flanqueada de montañas gigantescas con el brillo del océano como fondo.

El último oro se descubrió en el alba del siglo XX, en las playas de Nome, casi en el estrecho de Bering. Y de nuevo miles de personas se desplazaron a la zona, entre ellas el sheriff-pistolero Wyatt Earp, el famoso matarife del OK Corral, que se hizo rico abriendo un casino y un lupanar. Nome es hoy una urbe desolada, batida por los vientos polares, en donde una nueva riqueza ha venido a sustituir al oro: el cangrejo de Alaska, muy abundante en sus aguas.

Pero, pasadas las fiebres doradas y las estampidas en procura del preciado metal, Alaska es hoy un Estado próspero que puede presumir de albergar algunos de los espacios naturales más virginales del planeta Tierra.

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