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Las siete plazas mayores más bellas de La Mancha

Las plazas mayores de La Mancha eran el corazón de un puñado de villas agrícolas, señoriales y populosas, a mitad de camino entre Madrid y las puertas altas de Andalucía.

Soportales, balaustradas, blasones, columnas de piedra y madera medían y simbolizaban la importancia de aquellos villorrios. Se diría que estas viejas plazas de mercado, configuradas la mayoría de ellas durante el barroco, esperan a que de un momento a otro aparezca don Quijote a lomos de Rocinante, junto a su fiel escudero Sancho Panza.

Almagro

Las galerías acristaladas de los dos lados mayores de la plaza mayor de Almagro evocan un cierto aliento europeo. Tiene su razón de ser: La plaza, de planta rectangular, fue concienzudamente modificada en la primera mitad del siglo XVI por la familia flamenca de los Fúcares, acaudalados banqueros que patrocinaron muchas de las campañas bélicas del emperador Carlos V. En la actualidad, la plaza mayor de Almagro es una de las más bellas y originales de Europa (y no es una exageración). A ella miran el ayuntamiento, el templo de San Bartolomé y hasta la escultura ecuestre de Diego de Almagro, descubridor de Chile y primer europeo en llegar a tierras de Bolivia. Pero uno de los lugares más bellos de la ciudad está oculto entre los soportales de la plaza. Se trata del Corral de Comedias, construido en el XVII, escenario cada verano del Festival de Teatro Clásico de la ciudad.

San Carlos del Valle

A San Carlos del Valle hay que ir a propósito. No queda próxima a las grandes rutas manchegas ni su nombre figura entre los grandes hitos patrimoniales de la comarca más grande de España. En cambio, posee una encantadora plaza mayor de planta rectangular presidida por la iglesia del Cristo, un soberbio templo barroco flanqueado por cuatro torres cubiertas por un típico chapitel madrileño y coronado por una cúpula central cuya aguja se alza a cerca de cincuenta metros sobre el suelo. Los tres lados de la plaza son una suerte de teatro barroco de dos alturas, columnas de granito en los soportales y pilares de madera en las dos galerías superiores.

La Solana

La iglesia de Santa Catalina es de estilo gótico tardío, pero su campanario es más reciente. Es barroco, como buena parte de la plaza mayor que se abre a sus pies, y quizá sea el más bello y altivo de toda La Mancha. Es como un faro en mitad de la tierra llana. Junto a la iglesia está el ayuntamiento y frente a ambos edificios una plaza mayor asimétrica con dos lados bien diferentes: El primero luce soportales adintelados y fue levantado en el siglo XVI, junto a la casa consistorial. El otro lado es más reciente, de principios del siglo XIX y sus dos plantas, decoradas con arcos de medio punto, fueron destinadas como residencia de los canónigos de la iglesia. Hoy, en ambos lados, hay tascas y restaurantes de cocina tradicional.

Manzanares

Manzanares es una encrucijada de caminos, una ciudad populosa en el corazón de La Mancha, cercana a los pocos pueblos con nombre y apellido que Cervantes cita en su inmortal novela. Su plaza mayor es luminosa y ancha, y protege la iglesia Nuestra Señora de la Asunción, el templo más grande de Ciudad Real. La portada plateresca mira hacia la plaza, peatonal por todos los lados. Frente a ella se alza el Ayuntamiento, un edificio de estilo modernista y ecléctico. Las calles estrechas que entran y salen de ella conducen a barrios populosos, paseos comerciales y alamedas que llevan hasta los campos de cereal y vides que rodean la villa.

Valdepeñas

La plaza mayor de Valdepeñas es blanca y añil, los dos colores que simbolizan La Mancha. Es grande y señorial, animada, bulliciosa y poblada de tabernas populares y animadas terrazas. Trazada entre los siglos XVIII y XIX sus fachadas historicistas contrastan con la rotundidad monumental de la iglesia de la Asunción. Aseguran que el templo mayor de Valdepeñas fue construido sobre los restos de una mezquita aljama. Es un cúmulo de estilos: por dentro pontifica el arte gótico y por fuera luce elementos renacentistas y barrocos que hablan de la riqueza histórica de la capital del vino manchego.

Villanueva de los Infantes

Sobre aquel ‘lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme’ han corrido ríos de tinta. Los vecinos de Villanueva de los Infantes creen que Cervantes pudo referirse a ellos. No hay duda, en todo caso, que don Quijote pasó por aquí y quizá debió conocer la plaza mayor, monumental y construida con señoriales sillares de piedra. Aristocrática y patrimonial, la plaza es uno de los tesoros artísticos de España. La preside la iglesia de San Andrés Apóstol. En su rectángulo neoclásico, además del templo principal de Infantes, la ciudad abrió las puertas a sus principales edificios civiles. Hay a un lado de ella una escultura en bronce de don Quijote y Sancho, una calle mayor que conduce hasta el palacio del Caballero del Verde Gabán y al final de la misma el viejo convento de Santo Domingo, donde en una de sus celdas murió Francisco de Quevedo la noche del 8 de septiembre de 1645.

Tembleque

Al contrario de las seis anteriores, que están en la provincia de Ciudad Real, Tembleque se halla en Toledo y atesora una de las plazas mayores más bellas de España. Su planta es cuadrada, sus columnas de granito y sus bellos corredores de madera oscura. Fue tutelada por la Orden de San Juan de Jerusalén, a ella abre la fachada del ayuntamiento, de mediados del siglo XVII y su acceso principal está cubierto por un voladizo coronado por un mirador. Fue plaza de mercado, pero también lugar de celebración de corridas de toros, de ahí que los corredores de sus dos alturas superiores estén abiertos. Al lado, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, y cerca de aquí el imponente palacio barroco de las Torres.

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