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23 razones para viajar a Polonia

Cracovia, la bella

Cuenta la leyenda que Cracovia se fundó tras la derrota de un dragón. Tal vez por eso todo en esta ciudad polaca tiene un aire mítico. El castillo de Wawei, el corazón político y cultural de Polonia hasta el siglo XVI, es su principal reclamo turístico, pero todo el casco antiguo es una joya, repleto de iglesias, museos y con la mayor plaza de mercado de Europa: la amplia Rynek Glówny. En Kazimierz, el antiguo barrio judío, las sinagogas que se conservan reflejan la tragedia del siglo XX, igual que sus animadas calles y plazas simbolizan la renovación del XXI. Es uno de los epicentros de la vida nocturna, con bares y restaurantes para todos los gustos escondidos entre sus calles. La visita a Cracovia no está completa si no nos adentramos en la historia de la II Guerra Mundial en el magnífico museo de la fábrica de Schindler; si no nos acercamos a las cercanas y asombrosas minas de sal de Wieliczka o si no contemplamos la ciudad desde lo alto del montículo de Kosciusko. Y hay dos pistas más para viajeros curiosos: conocer los contrastes de la arquitectura de la época comunista de Nowa Huta, el barrio más grande de Cracovia, y recorrer en bici los monumentos del casco antiguo (krakowbiketour.com)

Wroclaw, la pequeña Cracovia

Esta ciudad de Silesia, conocida como la pequeña Cracovia, tiene personalidad propia que engancha. Su carisma arquitectónico y cultural, con influencias bohemias, austriacas y prusianas, se aprecia en la magnífica plaza del mercado (en la foto). Con 12 islas, 130 puentes y parques, su situación es perfecta, a orillas del río Óder. En la isla de la Catedral, en perfecto estado de conservación, nos espera una maravilla de la arquitectura gótica. Wroclaw es además la cuarta ciudad más grande del país, el principal centro industrial, educativo y cultural de la región, con numerosos teatros, varios festivales importantes, una animada vida nocturna y muchos estudiantes. Lo imprescindible aquí es recorrer el extenso casco antiguo y, después, visitar la joya de la ciudad (para sus residentes): el Panorama de Raclewice (panoramaraclawicka.pl), una pintura monumental (15 por 114 metros) de la batalla por la independencia (1794) que se visita en un circuito guiado.

Varsovia, dramática y moderna

La capital es parada inevitable en cualquier viaje a Polonia. Ciudad culinaria y universitaria (en la foto, pasarela sobre el techo de cristal de la biblioteca de la Universidad) resulta mucho más animada de lo que se espera. En lugar de concentrarse en torno a la plaza del mercado viejo, la urbe se expande por una amplia zona de arquitectura diversa, que abarca desde estructuras góticas restauradas hasta bloques comunistas y edificios modernos. Este batiburrillo es la prueba de un pasado tortuoso: prácticamente destruida a finales de la II Guerra Mundial, Varsovia sobrevivió y, actualmente, sus excelentes museos interpretan su compleja historia, desde la alegre música de Chopin hasta la tragedia del gueto judío. Pero no todo gira en torno al pasado. La oferta gastronómica y de ocio es la mejor del país, la noche ofrece animados bares y discotecas. Algunos hitos imprescindibles: contemplar la ciudad desde el Palacio de Cultura y la Ciencia; los museos del Levantamiento y de la Historia de los Judíos polacos; las restauraciones de la Ciudad Vieja (por su calidad) y los palacios barrocos y neoclásicos del parque Lazienki y Willanów.

La ciudad de Solidaridad

La gran metrópoli de Pomerania, región de playas bálticas al norte del país, es diferente al resto de las ciudades polacas. Siglos de ajetreo como ciudad portuaria dan a sus calles un aire distinto: la arquitectura mezcla la herencia de los ricos mercaderes que acudían a la ciudad cuando la ciudad formaba parte de la Liga Hanseática con la destrucción de la II Guerra Mundial y la ciudad del futuro que hoy se proyecta. Para apreciarla, hay que deambular por las angostas callejuelas empedradas de la Ciudad Principal, quedarse obnubilados ante sus colosales iglesias de ladrillo rojo, pasear por sus avenidas históricas bordeadas por elegantes y esbeltos edificios y peinar sus emblemáticos cafés, tiendas de ámbar y museos. El contrapunto perfecto lo ponen unas buenas cervezas en las terrazas junto al mar. Una referencia inevitable es el Centro Europeo de Solidaridad (ecs.gda.pl), que repasa la lucha hacia la libertad en la Polonia de posguerra y también los famosos astilleros de la ciudad, donde el electricista Lech Walesa comenzó el movimiento que puso en marcha la llegada de la democracia a los países del Este.

Wawel, el corazón de Polonia

El decano de todos los castillos polacos, el imponente Castillo Real de Wawel, en Cracovia, fue trono de reyes durante más de cinco siglos, hasta que el poder se trasladó a Varsovia a finales del XVI. Como corazón político y cultural de Polonia, esta fortaleza es un símbolo nacional y por ello encontraremos largas colas para visitarlo, sobre todo en verano. El palacio renacentista que hoy se visita es del siglo XVI aunque se conserva una residencia original, más pequeña, del siglo XI. Hay aposentos reales privados, la típica armería, el tesoro de la Corona y una joya del arte, la pintura más valiosa de la ciudad: ‘La dama del armiño’, de Leonardo da Vinci. Incluso hay una Cueva del Dragón donde lo único que encontraremos ahora son unas magníficas vistas sobre el río Vístula y los barrios periféricos del oeste.

Los caballeros teutones de Malbork 

Hicieron falta infinidad de ladrillos rojos para levantar la mayor fortaleza medieval de Europa (zamek.malbork.pl). Está a 30 kilómetros al sureste de Gdansk y es impresionante por dentro y por fuera. Declarada patrimonio mundial, es un ejemplo clásico de fortaleza medieval, construida en el siglo XIII por los Caballeros Teutones; fue su cuartel general durante un siglo y medio. Ayudaban a su seguridad sus tres anillos de murallas defensivas, reforzados con torres y mazmorras. La fortaleza se puede visitar en una excursión de un día desde Gdansk, que no en Malbork no hay mucho más que ver, salvo la estación de trenes: ha recuperado su antiguo esplendor, con revestimientos de madera, techos repujados, arcos neogóticos y decoración pseudomedieval.

Ksiaz y sus túneles nazis 

El mayor casillo de Silesia atesora bajo sus cimientos un curioso secreto de los tiempos de la guerra. Encaramado en una empinada colina en medio de un bosque, el castillo de Ksiaz fue mandado construir a finales del siglo XIII, y ampliado y remodelado sucesivamente hasta bien entado el siglo XX, lo que explica su mezcolanza de estilos, desde el románico hasta la actualidad. Durante la II Guerra Mundial, por orden directa de Hitler, los mandos alemanes lo confiscaron y empezaron a construir bajo el edificio un misterioso complejo subterráneo que el ejército soviético utilizaría después como cuartel hasta 1946. En 1974 se iniciaron las obras de restauración y hoy puede visitarse su suntuoso interior. Una pista para amantes de los caballos: en sus antiguas caballerizas, a cinco minutos del castillo, está la Cuadra Nacional de Caballos Sementales (stadoksiaz.pl), donde se puede practicar la equitación, con sesiones de 45 minutos.

Las ruinas de una locura

El disparatado castillo de Krzyztopor (krzyztopor.org.pl) es el resultado de combinar magia, dinero y la excentricidad. Está en el pequeño pueblo de Ujazd, a unos 30 kilómetros al oeste de Sandomierz, al norte de Cracovia, y son las ruinas más singulares del país. Levantado por encargo del excéntrico gobernador Kryzysztof Ossolinkski, el castillo se diseñó de acuerdo con su fantástica imaginación (era un apasionado de la magia y la astrología). Tiene forma de calendario, con cuatro torres que representan las cuatro estaciones. 12 salones (por cada mes del año), 52 estancias (por cada semana) y 365 ventanas (por cada día), más una estancia adicional que solo se podía usar en los años bisiestos. Pero tal vez la historia más llamativa es la del túnel que conectaba la propiedad con el castillo de su hermano: 15 kilómetros cubiertos de azúcar para que los dos hermanos pudieran visitarse en trineos tirados por caballos, como si fuera nieve.

En la fábrica de Schindler 

La antigua fábrica de esmaltados de Oskar Schindler (mhk.pl) se ha convertido en el evocador museo que narra la historia de Cracovia bajo la ocupación alemana durante la II Guerra Mundial. La impresionante muestra interactiva que nos lleva a los momentos en los que el famoso empresario nazi salvó la vida de muchos de los parientes de sus empleados judíos en pleno Holocausto. Las organizadas e innovadoras exposiciones ilustran la historia de la ciudad de 1939 a 1945. El museo está en un barrio periférico, Podgórze, que sigue siendo obrero en esencia y que fue donde los nazis hacinaron a unos 16.000 judíos en un gueto alrededor de la actual Plac Bohaterów Getta. Desde aquí fueron deportados a campos de concentración, como el cercano Plaszów.

El subsuelo de Cracovia 

Bajo la inmensa plaza del mercado de Cracovia, el museo Rynek Underground (podziemiarynku.com) se sirve de la magia audiovisual para ilustrar la historia comercial de la ciudad. Se trata, en realidad, de una ruta subterránea que discurre por puestos de mercado medievales y otras cámaras olvidadas desde hace mucho tiempo. Redondea la experiencia un despliegue de hologramas y efectos audiovisuales. La entrada a este este curioso recorrido se encuentra en el extremo noreste de la lonja de los Paños, en la principal plaza de Cracovia.

Historia marítima en Gdansk 

Los aficionados a la navegación disfrutarán en el Museo Marítimo Nacional (nmm.pt) de Gdansk, que ofrece una crónica sobre la historia marítima y el papel de este bullicioso puerto del Báltico a lo largo de los siglos. Su multimillonaria sede acoge la exposición interactiva permanente ‘Gente-embarcaciones-puertos’, así como el MS Doldek, la primera embarcación que se construyó en los astilleros de la ciudad durante la posguerra, y la Zuraw, grúa de carga del siglo XV que en su época fue la mayor del mundo. Los graneros de la isla de Olowianka, en el río Motlawa, contienen otras muestras que ilustran la historia de la navegación polaca desde sus primeros días hasta la actualidad, así como maquetas de viejos buques de guerra, una canoa del siglo IX, instrumentos de navegación o artillería naval, entre otros objetos. Un servicio de ferri gratuito del museo comunica la grúa con la isla.

Chopin, el polaco universal

En Varsovia, al sur de la Ciudad Vieja, encontramos este tributo interactivo al célebre compositor polaco. Un moderno museo multimedia alojado en el barroco palacio Ostrogski (en la foto), que repasa la obra del compositor más famoso del país. Los visitantes pueden recorrer a su aire las cuatro plantas de exposiciones, parando en las cabinas de audio del sótano para disfrutar a su gusto de las sinfonías completas de Chopin. Las visitas en grupos limitados, se realizan cada hora. Lo mejor es reservar previamente por correo electrónico (chopin.museum.ul).

PKIN, techo de Varsovia 

Los 40 años de régimen comunista dejaron huella en el país: desde edificios socialistas en los años 50 hasta estrambóticas estructuras de los 60 y 70. Gran parte de Polonia fue reconstruida tras la II Guerra Mundial según los planes urbanísticos de Moscú y el resultado son algunos disparates maravillosos, como el Palacio de la Cultura y la Ciencia de Varsovia (pkin.pl), PKiN en su abreviatura en polaco. Muestra de amistad de la Unión Soviética, sigue siendo el edificio más alto de Polonia (231 metros). Alberga un centro de convenciones, teatros, multicines, museos y un ascensor ultrarrápido que sube a la terraza mirador del piso 30 (a 115 metros del suelo). El edificio nunca ha sido del gusto de los varsovianos, lo que ha derivado en apodos como ‘el elefante con lencería de encaje’, por su tamaño y las recargadas esculturas que adornan sus parapetos.

Una estación en Kielce 

Kielce, en la región de Malopolska (al norte de Cracovia), alberga la que posiblemente sea la estación de autobuses más atractiva del país: un edificio retro-futurista de la década los 70, con forma de platillo volante. Sin embargo, hoy está parcialmente cerrada y a la espera de un destino incierto. Entretanto, algunos servicios ‘intercity’ operan desde paradas temporales de la zona. dworzec.kielce.pl

La vida al estilo comunista 

Nowa Huta (Nueva Siderurgia), el barrio más nuevo y grande de Cracovia, creado en la década de 1950, contrasta poderosamente con el casco antiguo de la ciudad: representa el desarrollismo industrial de la posguerra. A principios de los años 50 se construyó una acerería gigantesca a unos 10 kilómetros del centro de la ciudad y, justo al lado, nació una ciudad dormitorio para acoger a unos 200.000 empleados. La planta siderúrgica aportaba casi la mitad de la producción nacional de hierro y acero, pero tras la caída del comunismo disminuyó su ritmo y actualmente pertenece al gigante siderúrgico AcelorMittal. Aunque la planta no se puede visitar, sí se puede pasear por el barrio y sus austeras líneas propias del socialismo realista. Considerado en su época un modelo de urbanismo, hoy solo conserva un extravagante aire retro.

Tatras, imán para senderistas 

En el macizo más elevado de los Cárpatos, los montes Tatras, no hay glaciares, pero cuenta con zonas de nieves perpetuas. Están en la frontera polaco-eslovaca y una cuarta parte de su territorio forma el Parque Nacional de los Tatras (tpn.pl), paraíso de senderistas. Es también una región donde las antiguas tradiciones todavía forman parte de la vida diaria. Acurrucada en las estribaciones de estas montañas, Zakopane es la estación invernal más popular y una excelente base en verano para caminatas, porque sirve de acceso a los senderos más espectaculares y de mayor altitud de los Tatras. Es también famosa por las dimensiones y belleza de sus casas de montaña, construidas en madera entre finales del siglo XIX y principios del XX, que convirtieron a esta población en destino predilecto de pintores, poetas, escritores y compositores. Algunas albergan museos, mientras otras siguen en manos privadas o se han convertido en hoteles.

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